miércoles, 4 de marzo de 2009
Lo que hace un ganador y lo que pierde un perdedor
Cuando un perdedor comete un error, dice: "No fue mi culpa" y se la hecha a otros.
Un ganador sabe que la adversidad es el mejor de los maestros.
Un perdedor se siente una víctima ante la adversidad.
Un ganador sabe que el resultado de las cosas depende de él.
Un perdedor cree que la mala suerte sí existe.
Un ganador trabaja muy fuerte y se genera mas tiempo para sí mismo.
Un perdedor esta siempre "muy ocupado" y no tiene tiempo ni para los suyos.
Un ganador enfrenta los retos uno a uno.
Un perdedor le da vueltas y no se atreve a intentarlo.
Un ganador se compromete, da su palabra y la cumple.
Un perdedor hace promesas, no asegura nada y cuando falla solo se justifica.
Un ganador dice: "Yo soy bueno, pero voy a ser mejor".
Un perdedor dice: "Yo no soy tan malo como lo es mucha otra gente".
Un ganador escucha, comprende y responde.
Un perdedor solo espera hasta que le toque su turno para hablar.
Un ganador respeta a aquellos que saben más que él y trata de aprender algo de ellos.
Un perdedor se resiste con aquellos que saben mas que él y solo se fija en sus defectos.
Un ganador se siente responsable por algo más que su trabajo solamente.
Un perdedor no se compromete y siempre dice, "Yo sólo hago mi trabajo"
Un ganador dice, "Debe haber una mejor forma de hacerlo..."
Un perdedor dice, "Esta es la manera en que siempre lo hemos hecho".
Un ganador es parte de la solución.
Un perdedor es parte del problema.
Un ganador se fija en "cómo se ve la pared en su totalidad".
Un perdedor se fija "en el ladrillo que le toca colocar".
lunes, 2 de marzo de 2009
Para divertirse con Luke O'Malley dirigiendo Antibalas
domingo, 1 de marzo de 2009
Banderas

Por Rosa Montero
El País, Madrid
Si un explorador marciano viniera a la Tierra, se quedaría turulato al ver que personas adultas son capaces de degollarse y destriparse porque el retal que ellos enarbolan tiene distintos colorines del retal que levantan los contrarios. No me digan que así, observado en frío, no es una payasada.
En cuanto a la llamada "guerra de banderas", sigo pensando que prestamos demasiada atención a los payasos. Si por mí fuera, yo prohibiría que se colgara ninguna bandera en ningún lado. Ni un solo trapajo más ondeando en los edificios públicos. Y que usen los mástiles como barra de ejercicios para el equipo nacional de gimnasia (claro que, tal y como están las cosas, lo del equipo nacional también sería muy discutido).
Sé bien que las banderas son algo más que un trapo porque son un símbolo, aunque tan cargado de la violenta irracionalidad nacionalista que da mucha dentera. Y también sé que el desarrollo de la civilidad conlleva ciertas paradojas.
Una sociedad demócrata no debe matar a los asesinos, ni torturar a los torturadores, ni saltarse las garantías de un Estado de derecho para defenderse de quienes pisotean los derechos de sus víctimas.
De la misma manera, a los que aborrecemos los excesos nacionalistas se nos hace muy cuesta arriba defender una bandera frente a otras, porque desconfiamos de las monsergas patrióticas. Algunos piensan que todo esto debilita a los demócratas frente a los bárbaros; yo creo que no, y la historia lo demuestra: al final, el consenso se impone al vandalismo.
Pero, para ello, hay que tener muy claro lo que queremos. Preferiría que no hubiera pendones patrios, pero si un puñado de violentos mequetrefes envueltos en sus propias banderas (a las que, por cierto, nadie ataca) queman la enseña española, entonces tendré que reivindicarla como mía, y no por española, sino como un símbolo de la legalidad y la civilidad en las que quiero vivir. El símbolo de los que no quemamos las otras banderas.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Las cosas que me dijiste cuando no supe leer tu silencio.

Por Oscar Trujillo Marín
Hay que tener cuidado con lo que uno dice, con lo que hace. Cada movimiento, cada cabo suelto que quede pospuesto tras nuestros pasos. Cada silencio, cada renuncia hecha por cansancio, por soberbia o resentimiento. Cada herida abierta por la obstinación de un dedo acusador. Cada intimidad desperdiciada en devaneos recriminatorios. Cada paso evasivo, cada espacio grato que estropeamos, cada conversación interesante que eludimos, puede ser la última oportunidad que tengamos en este mundo de estar en paz y comunión con las fuerzas que nos mueven.
Un dia de repente nos levantamos confundidos, y la luz, por más que agudicemos la mirada no logra llegar a nuestra vida. Y los pasos, las palabras, los gruñidos y las risas de aquello que se ha amado, se diluyen en un agujero negro de silenciosos olvidos.
Entonces pensaremos en las veces que le dimos importancia a un cuadro torcido. A una palabra mal escrita, a un charco de orín de nuestro perro en el lugar equivocado.
En las ocasiones que alguien quiso sorprendernos y le escupimos en la cara nuestra afilada ironía, nuestro inteligente sarcasmo porque no era exactamente lo que esperábamos.
En los momentos en que alguien amado se acercó a buscar consuelo y no fuimos capaces de leer su dolor, ni su nobleza porque nos negamos a olvidar una vieja ofensa.
En las historias mínimas que nuestro oído despreció por no estar a la altura de nuestra pretendida magnificencia.
Y por más que agucemos el oído, y por más que acunemos el viento en la concha que logremos armar con nuestras manos vacías, las palabras, las historias y la música que amábamos ya no llegará a nuestro interior.
Hay que tener cuidado con nuestra estatura vital, con la habilidad que podamos tener para devolver ofensas perfectas, respuestas inmediatas, dolor encriptado en miradas y silencios que asesinan. Los seres humanos tenemos la dolorosa cualidad de llegar a ser infinitamente crueles e injustos con las personas que más nos aman.
Y vamos dejando frases sueltas por el camino, y vamos evitando paisajes memorables, besos sencillos pero sinceros por el simple hecho de creer que siempre van a estar ahí. Y vamos rumiando nuestros peores recuerdos como si nos complaciera mantener en la boca el vivo sabor de un dolor lejano. Y vamos siempre proyectados al futuro como obcecados por un vértigo demencial, por intentar ser tan grandes como nuestro colosal ego nos dice ser: sufriendo con anticipación, condicionando la respuesta espontánea de los que nos quieren, que casi nunca pueden, -por más que lo intenten- estar a la altura de nuestras necesidades, ni curarnos exactamente los miedos. Es cuando nos olvidamos que el único tiempo que vale la pena cultivar con pasión y entrega es este: el presente. Que todo lo que no pronunciemos, lo que no cuidemos ahora, ni acariciemos ahora, nadie puede tener la certeza de que nos va a esperar en ese mañana perfecto. Pueda que ni siquiera haya mañana perfecto para este hoy, y para ningún ayer.
Siempre hay un muro esperándonos en las autopistas, un automóvil que circula en sentido prohibido a nuestras ilusiones. Un manojo de virus o células antropófagas acechándonos para instalarse en nuestros vanidosos cuerpos. Siempre hay una bala perdida o buscada para el calibre de nuestra temeridad o nuestro miedo. Y un puñal, y una soga, y un resbalón definitivo en la oscura acera de la melancolía.
Siempre hay un final inesperado hasta para la más metódica de las criaturas. Siempre la gente que más se aferra al vértigo de existir, se encuentra con salidas que no estaban en su mapa, con abandonos que no aparecían en el guión original. Y nadie viene del pasado a recordarnos cuándo lo incubamos…, y nadie viene del futuro a evitarlo a pesar de nuestra credulidad o estupenda proyección.
Aún así, vamos aplazando la petición de disculpas, negando perdones, especulando con los besos, la dulzura, las miradas, los cumplidos. Pensando más en el cuadro ligeramente torcido, en las mezquindades, las pequeñeces y los flecos sueltos. En el lunar que nuestros amigos, hermanos, padres amores o amantes tienen en la mejilla, en el pecho o en el alma, antes que fijarnos en el conjunto. En lo bueno.
Ante 10 posibilidades positivas de confiar, querer o perdonar a alguien que amamos o nos importa: solemos escoger el lunar. Solemos obsesionarnos con la mancha. Queremos una amistad infalible, una familia cinco estrellas, una vida sin tropezones y un amor inefable. Sin fisuras, sin errores, sin manchas. No hay espejo lo suficientemente grande para que nuestro Narciso quepa en los límites de su marco. Por eso nos falta ver tanto de nosotros mismos en este momento, en esta vida que está transcurriendo ahora, que es la que de verdad importa.
Nos obsesionan las minucias, se nos atraganta la limitada evidencia de nuestro imperfecto carácter. Lo evitamos, minimizamos y evadimos. Y sólo conseguimos verlo reflejado en los demás. Y lo que vemos no nos gusta. Entonces renunciamos al reflejo y buscamos otro sin antes preocuparnos por reparar la gran mancha de odio, egoísmo, miedo y rencor que llevamos a cuestas: la misma que nos impide caber en ningún espejo.
Hay que querer con ganas. Hay que llamar a los hermanos, a los amigos de verdad, a las personas que hemos amado, a los viejos a decirles que aunque se hayan equivocado, aún así se les quiere. Y si hemos sido nosotros los que hemos fallado con mayor razón. Si se les quiere, claro. Y si no, al menos llamarlos para dejar claro que también somos humanos, que no somos Dios. Hay que decirle a aquella persona fugaz o duradera que nos cambió el mundo, pero que un dia cometió el error de ser mortal, que la seguimos queriendo, y su valor vivirá con nosotros, aunque las circunstancias nos haya separado. Hay que tomarse una cerveza, ir a fútbol, al cine o a los bolos con ese amigo o amiga que ha sido tan constante, que ha estado siempre ahí. Cada vez que se pueda. Y escucharle sus historias, sus penas y emociones aunque ya lo hayamos hecho mil veces. Y ser efusivo sin pudor, que eso no mata.
Hay que acariciar con ganas, hay que besar siempre a quien amemos o nos guste mucho, aunque estemos enfadados. Los momentos de odio abundan en este mundo, pero el placer es escaso, difícil de hallar. Hay que hacerle el amor a los que se han tomado la molestia de enseñarnos lo que es amar. No hay que perder la oportunidad. El tiempo corre, vuela, va a una velocidad implacable, criminal. Y nosotros vamos siempre negándolo, ocultándolo, por andar revolcando el pasado sombrío o amargándonos con lo que pueda suceder mañana. Nos olvidamos que él único tiempo que existe es la caricia, la palabra y el perdón que podamos pedir o conceder ahora. Después poco importará.
Siempre hay un muro, un carro en sentido prohibido por la autopista de nuestra vida, un puñal, una soga, un amasijo de células cancerígenas, un naufragio, un avión que se cansa de volar, una ventana abierta en un edificio muy alto, un corazón que se detiene por muy enamorado que esté, una guerra, un absimo carente de afectos -incluso en la más sólida de las mansiones que podamos construirnos-…, que nos puede tragar. Una bala definitiva del mismo calibre que tengan nuestras ganas de vivir. Siempre habrá oscuridad y silencio acechándonos hasta en el más radiante de los días.
Y si vamos aplazando, y si vamos posponiendo, y si vamos lamentándonos, ofendiendo, maldiciendo, pisoteando, subestimando, callando…, nuestro reflejo seguirá sin caber en el espejo.
Entonces, puede pasar, que un dia de estos de repente nos despertemos confundidos, y la luz por más que agudicemos la mirada no logre entrar en nuestra vida. Y los pasos las palabras, los gruñidos y las risas de aquellos imperfectos que nos han amado a pesar de nuestra perfecta soberbia, se empiecen a diluir para siempre en un agujero negro de silenciosos olvidos.
Hoy es un buen dia para amar, para pedir perdón, para decir te quiero.
Y quien sabe si para apagarnos también. Eso casi nadie lo espera, pero es lo único perfecto, infalible, seguro.
Blog "Orgasmos a plazos y una de vaqueros"
oscartruma72@hormail.com
jueves, 22 de enero de 2009
Cuatro fotos -no se cual mejor- de Howard Yanes
El 20 de enero andaba yo por la Avenida Venezuela de El Rosal y pasó 'volando' a mi lado el legendario fotógrafo Howard Yanes, (cuyo trabajo vengo siguiendo desde hace años) tan extraordinario como versátil cazador de imágenes venezolano, quien atravesó la barrera de policías que enfrentaban a los estudiantes disgustados con el referendo que Hugo Chávez ha ordenado para que él pueda repostularse a la Presidencia de la República de Venezuela dentro de cuatro años que manifestaban en las calles de Caracas, para captar las imágenes de la manifestación y del choque.
Su presencia me estremeció y me dispuse a esperar en los siguientes días para ver sus fotos de los agentes policiales arremetiendo en contra de las manifestaciones estudiantiles con bombas lacrimógenas y perdigones.
Siguiendo las instrucciones del Presidente, ese día -martes de esta semana, antier pues- los "tombos" no dudaron en “echarles gas del bueno”, a pesar de que no se había reportado ningún incidente protagonizado por los jóvenes.
Les ofrezco aquí cuatro fotos de Howard en esa fecha. No se cual es la mejor, ustedes dirán.



No se pierdan el fotoreportaje de HY que conseguí en el archivo de El Universal, bajo el título muy significativo Un encuentro con la intolerancia. También -si quieren más- visiten la página web de ese profesional que no vacila cuando se le presenta la oportunidad de meterse en la candela... y Birongo..



